Antes de ponernos a pensar si es el liderazgo detonante del crecimiento de nuestro país y de las empresas, es preciso reconocer la realidad que estamos viviendo, que se resume en una gran crisis económica, de seguridad, sanitaria, democrática, de valores, y la más peligrosa para cualquier organización privada o pública, la crisis de la confianza, que si trasciende al país entero se convierte en algo que desencadena todos los males que una nación puede soportar y la condena a su desintegración. En estos tiempos de crisis, no confiamos en las autoridades locales; desconfiamos del gobierno estatal y federal; descalificamos lo que dice y hace el Presidente de la República; repudiamos a los partidos políticos; rechazamos la ingerencia de los voceros de la iglesia católica; en fin, estamos desconfiando de todo y de todos. Nos preguntamos qué nos está pasando como ciudadanos y como país en su conjunto, y la respuesta es coincidente: no tenemos quién nos guie ni en quién confiar…nos falta un líder auténtico. En la confusión, culpamos al gobierno o a nuestros jefes de todo lo malo que nos pasa, sin ponernos a reflexionar sobre las causas que originan estas calamidades nacionales. Un mínimo ejercicio de conciencia nos reclamaría la falta de acción personal para resolver las crisis que nos agobian. Por eso planteo que antes de proponer líderes formales que nos lleven por el camino correcto, la tarea más difícil la tenemos en el ahora; tenemos que aceptar que, si queremos satisfacer todas las necesidades que no son cubiertas por el gobierno y por la sociedad, debemos empezar por convertirnos en líderes en nuestra área de influencia, sea esta en el taller, en la escuela, en la familia misma. Una vez cubierto este primer paso, por añadidura vendrán liderazgos mayores, creados y supervisados por todos los que nos convirtamos en los “líderes menores”.
Con una estructura de liderazgo como la planteada, es seguro que detonará el crecimiento de nuestras empresas y por consiguiente de nuestro país, y serán proyectados a los niveles de productividad y competitividad que beneficiarán a la población entera.
Sin una estructura de liderazgo como la planteada, es seguro que las empresas primero y el país inmediatamente después, serán testigos de secuenciales detonaciones que anunciarían el principio de la decadencia nacional.
A nosotros nos toca escoger.

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